¿Cómo estáis ziudadanos curiosos? Os propongo para el próximo viernes una visita al Museo Provincial de Zaragoza.
Si Tarantino visitase Zaragoza, ¿y por qué no?, hagamos un esfuerzo, ya sabemos que la Alicia de Lewis Caroll imaginaba hasta seis cosas imposibles antes del desayuno…Como decía, si Tarantino entrase por la puerta de Museo Provincial… tendría que caer rendido.
No solo por la fachada imponente, ¿sabiais que se trata del museo más antiguo de Zaragoza? ¿Qué se construyó para la Exposición Hispano-Francesa de 1908? ¿Y que fueron los arquitectos Magdalena y Bravo los encargados de darle forma? Yo creo que lo había sabido en algún momento y, claro, lo había olvidado.
Sigamos con nuestro ejercicio de imaginación, vemos a Tarantino subiendo las escaleras de la entrada con un traje de chaqueta negro y corbata estrecha, entrando en el patio y silbando alguna canción de los 70, alzaría esas cejas algo diabólicas y pararía de silbar, asombrado. Pensaría ¡qué preciosa matanza samurái se podría rodar aquí!… Por ejemplo.
Y es que el patio del Museo Provincial es el espacio perfecto para cualquier evento especial. Te imaginas un desfile de moda, una cata de buenos caldos a la luz de las estrellas o… un rodaje de una peli.
Pero no vamos a hablar más del edificio del Museo, ni de su preciosa escalera blanca, ni siquiera de la colección de Goya y Bayeu.
Porque ahora mismo lo que el Museo nos regala además son dos estupendas exposiciones temporales. Perfectas porque además son tremendamente diferentes.
La primera nos lleva directamente a Oriente. El Oriente que nos gusta a los occidentales, que le podría enamorar al autor de Kill Bill. Tan remoto y exquisito que nos fascina.
Se llama “La elegancia de la tradición. El legado del ceramista japonés Tanzan Kotoge”. Tanzan es su nombre artístico, no, no es Tarzán, nada más lejano. Es un artesano vivo y ha viajado por España, ¡incluso ha dado clases en Muel!

Aquí me tenéis intentando pensar en qué exótico y delicado bol me tomaría los cereales por la mañana. No conseguí decidirme.
Hay colores y formas tan sencillas que parecen hechas por unos escolares virtuosos pero precisamente en eso está la gracia, en su belleza sobria.
La exposición también nos ilustra sobre la ceremonia del té. Se exponen unos grabados deliciosos, unas señoras japonesas se saludan unas a otras, con esas pequeñas bocas fruncidas y esos ropajes pesados. Me imagino que van de visita al pabellón de té de sus amigas y de paso cotillean y hablan de las que no están, -tampoco somos tan diferentes-, mientras dan sorbitos al té caliente con mucha ceremonia.
Dentro de la exposición también se puede admirar piezas de cerámica china, de la colección de Federico Torralba. Las fotos no hacen justicia a sus colores, el azul es más brillante que el de un cuello de pavo real vivo, el amarillo es la esencia de una yema de huevo cocida. ¡qué talento para crear esos colores! Son apetitosos, casi me dan hambre.

Después de sumergirnos en ese Oriente delicado y colorido dejamos a Quentin ensimismado y nos reunimos con nuestro Paco Martínez Soria en la otra exposición temporal, se llama “Vida y Moda: Entorno y clase social, Aragón siglos XVIII y XIX”.
Casi todo lo que muestra es original, cedido por particulares que han mantenido a salvo de los estragos del tiempo y las polillas sus tesoros familiares; o bien, han sido conservados con atento cuidado por el grupo Somerondón.
La idea es ver como ha influido nuestra variada geografía y la clase social en la forma de vestir. No se calzaba igual un mozo de Tarazona que un pastor en invierno en el Pirineo. Aquí podemos ver los Manolo Blahnik de la época junto con unas abarcas aptas para los riscos más fieros.

Por supuesto llama la atención el despliegue de mantones al fondo, cuajados de bordados, uno de ellos de caras de marfil, del XIX. Como me gustaría conocer las historias de algunas mujeres que los llevaron… Una tarde de domingo a los toros, a misa el Domingo de Pascua…

Entre otras muchas prendas también se puede admirar los maravillosos y enigmáticos trajes ansotanos y la ropa blanca, la que el ojo no ve. Qué agradecida estoy a mi época cuando veo ese corsé apretado que tenían que lucir las sufridas mujeres…
Aquí nos despedimos de Quentin y Paco, buenos guías hemos tenido.
Ya nada más, ziudadanos curiosos, solo recomendaros: ¡Volved al Museo de Zaragoza, volved, volved!




