El mundo Madoz y el País de Nunca Jamás

¡Feliz verano ziudadanos curiosos!

Con agosto medio vencido y septiembre asomando, los museos de Zaragoza se mantienen inexpugnables al calor y al aburrimiento. Esta vez nos asomamos a la Lonja y tomad nota, ¡solo hasta el 9 de septiembre!

 

La exposición tiene un nombre en negrita y subrayado: Chema Madoz. Con él no valen los vistazos rápidos, no hay estruendo de luz y color que te salte a la vista y te haga girarte. Con Chema Madoz hay que pararse, concederse unos instantes en blanco y negro, observar y… disfrutar.

 

Primero lanza un cebo simple y poderoso a tus ojos: una gran foto alargada de una soga de horca. Amenazadora. La cuerda es muy blanca, y supones áspera y asesina, sobre un fondo muy negro y dramático. Te acercas para verla con más detenimiento y entonces se transforma en… un largo collar de perlas anudado. ¡Vaya con Chema!¡Como nos ha engañado!

 

Y entonces te preguntas, qué ha querido decir, así a bote pronto: ¿es una metáfora de que la riqueza nos ahoga? Pues Madoz no va a darte ese gusto, porque miras el nombre de la obra buscando su intención y escuetamente pone “Sin título”. Como en el resto de sus obras.

 

Una soga “cultivada”

 

Así que tendrás que pensar por tu cuenta qué significado le das a esa fotografía. Si es que le quieres dar alguno. Porque muchas fotos de Chema Madoz son como juegos en los que no puedes evitar caer, miras, te enredas y acabas sonriendo, reconociendo su genio.

 

Por eso es que pienso que Chema Madoz mantiene intacto el espíritu de Peter Pan. Con sus fotos nos lleva de la mano a un país de Nunca Jamás de imágenes sobrias pero juguetonas, que tienden trampas a nuestro aburrido cerebro que siempre quiere simplificar.

 

Golpea nuestra imaginación con su cámara provocando ese: “¡anda!, ¿pero te has dado cuenta?”. ¿Te habías dado cuenta que en el mundo Madoz una alcantarilla puede ser un escurreplatos? ¿Y la sombra de una ramita, unas venas en nuestro brazo?

 

Cocina callejera

 

Ese darte cuenta y compartir su mirada te refresca la mente, se cuela una corriente de aire retozón de oreja a oreja y te sientes uno más de los Niños Perdidos, amigos de Peter Pan, porque compartes con él su mundo y su mirada.

 

Además de refrescarte la mirada y la mente, otro de los efectos inmediatos que produce esta exposición es el sentirte cazador de imágenes. La sencillez aparente de las fotos, el que utilice objetos cotidianos, te hace aguzar la vista en cuanto sales de la Lonja, y te sientes capaz de encontrar un sonrisa de metal en un desagüe. Y eso no pasa con todas las exposiciones…

 

Adivina, adivinanza, ¿qué parece y qué es?

 

Pero ¿cómo es que a Chema Madoz se le ocurre todo esto? Es una de las preguntas que nos hacemos cuando salimos. ¿Qué tiene de especial la mente de este fotógrafo que le hace ver lo escondido?

 

Según nos cuenta un audiovisual de la exposición, Madoz comienza dibujando su idea. Es su mente la que crea la fotografía, ve la imagen en su interior y comienza perfilándola con lápiz y papel, hasta que, frustrado por no reflejar lo que él quiere, -dice que dibuja mal-, la recrea, fotografiándola.

 

Chema Madoz se crió en el barrio obrero de San Blas, en Madrid, rebosante de bloques nuevos y columpios de esos de cadeneta de hierro. Cuajado de parejas jóvenes y trabajadoras y enjambres de niños con los que jugar. Los veranos los pasaba en Pamplona. Con cierto dinero ahorrado pensó en comprarse un aparato de música. Como no le llegaba se compró una cámara. En seguida se dio cuenta que por azar había dado con algo que conectaba con él de forma irremediable.

 

También vivió la famosa movida madrileña, pero mientras tantos artistas se volvían del revés, exhibiéndose, Madoz miraba, concentrado en sí, creando el germen de lo que sería el mismo. Sin seguir corrientes ni tendencias Chema Madoz se iba perfilando como uno de los fotógrafos más especiales y sorprendentes. ¡A Buñuel le hubiera vuelto loco Madoz!

 

En la actualidad Chema Madoz sigue retorciendo con las sombras y el ingenio objetos simples y les da otra vida sorprendente y singular, los atrapa en sus fotos y nos los regala.

 

Podemos disfrutar y entender su obra en Estocolmo, Lima o Tánger. Y sin necesidad de titularla.

 

Sigue mirando, Chema Madoz, y permítenos atisbar por la mirilla de vez en cuando…

 

Autor: Cristina Castejon

De letras hasta la médula, siempre he pensado que la narrativa es el pastel, no la guinda. Da igual que sea en un libro o una peli, las buenas historias siempre nos enganchan. Escribo para mi blog cdecontar y para todo aquel que necesite poner alma a su marca o servicio. Me encanta mirar escaparates, contemplar fachadas y descubrir rincones escondidos. Creo que Zaragoza está plagada de buenas historias: ziudadanos curiosos, ¡callejeemos para darles caza!

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