Pintor, escultor, perfomer. Pero, ante todo, Samuel Hereza es una persona directa, transparente, con las ideas claras, que no se esconde y que desea mostrar la grandeza de sus creaciones en todo su esplendor, sin ningún tipo de tapujo. Un artista multidisciplinar que, bajo una aparente timidez, proyecta, como un torbellino descontrolado, las ideas que bullen en lo más profundo de su interior.
¿Quién se esconde detrás de Samuel Hereza, el artista?
No se esconde nada. A la naturaleza le gusta esconderse; a mí, no. Soy Samuel Hereza y soy artista de pies a cabeza. Cada una de las moléculas de mi organismo tiende hacia cierta excentricidad, sin perder nunca su centro.
Estudio y me formo día a día. El trabajo diario es mi verdadera formación: trabajar, mirar, leer, experimentar, equivocarme y volver a empezar.
¿Cuándo te iniciaste en el mundo del arte? ¿Ya desde pequeño te sentías artista?
Desde muy pequeño tuve conciencia de mi genialidad. A los cuatro años ya dormía abrazado a mi almohadita y a una pelota de baloncesto de la que no me separaba. También elaboraba inmensas mentiras para sentirme bien.
Quizá ahí empezó todo: en construir otras realidades y creer profundamente en ellas.
¿Cómo fueron tus comienzos? ¿Te sentiste apoyado por tu entorno?
Mi comienzo artístico fue desastroso. Yo destacaba en el deporte y a todo el mundo le gusta verte jugar con una pelota. En el momento en que cambié la pelota por los libros y los pinceles, todos se asustaron. A nadie le gusta demasiado que critiques las cosas o que juegues con el lenguaje. Para la mayoría de los mortales, el arte es un hobby. Además, jamás quise terminar unos estudios para convertirme en profesor. Quería ser artista a la brava. Y ser artista sin querer ser otra cosa está bastante mal visto.
Con los años, muy poca gente conserva la moral, la energía o el talento necesarios para mantenerse en esa postura.


Te defines como artista visual y performer. ¿Cómo podrías explicarnos qué encierran estas palabras?
Por suerte para los pintores y los artistas plásticos, hoy nuestra actividad puede englobar múltiples disciplinas. Ser pintor, hoy, ya no basta. Me considero artista visual porque mi preocupación fundamental es la imagen. Soy una especie de filósofo monstruoso de las formas. Trabajo con pintura, escultura y cuerpo.
La performance, dentro de la práctica artística contemporánea, deviene por sí sola: performance y tecnología son una. Todo forma parte de una misma investigación. En el siglo XXI, la obra es también la vida. La ecuación arte = vida me parece una de las posibilidades más acertadas para entender lo que significa ser artista y comprender la performatividad de nuestra propia existencia.
Tu obra es intensa, potente, explosiva, provocativa, desconcertante, original y radical. Transmites sentimientos, miedos, dudas y cuestiones espinosas que nos asaltan en la vida. ¿Cómo consigues plasmar toda esa fuerza creativa?
Hago lo que puedo con lo que tengo y con lo que siento. Hacer una buena obra, una obra verdaderamente válida para el espíritu, me parece casi un imposible. No queda otra posibilidad que errar continuamente.
Me queda muchísimo por hacer y por transmitir. Intento mantenerme física y mentalmente en forma para poder seguir trabajando con intensidad. La fuerza de la obra también depende de la fuerza con la que uno sea capaz de enfrentarse a ella.
Tus performances están cargadas de simbolismo y rituales, y se convierten en intervenciones pictóricas en vivo y diálogos con las nuevas tecnologías. ¿Cómo es el proceso creativo?
El proceso creativo, en el fondo, siempre es el mismo. Cambian las herramientas, pero no el impulso. Me interesa especialmente el diálogo entre tecnología y ritual. Creo que el culmen de determinados pensamientos sería conseguir integrar el símbolo y el ritual en la vida cotidiana, no como algo decorativo, sino como herramientas capaces de protegernos y fortalecernos en la vida y en la creación.
En mis performances intento que cuerpo, pintura, imagen, tecnología y ritual dejen de ser elementos separados para formar un único organismo.

¿En qué te inspiras a la hora de plasmar tus creaciones? ¿Sigues algún ejemplo o encuentras inspiración en tu imaginación?
Investigo la historia y mi propio presente artístico. Voy en contra tanto de lo puramente real como de lo puramente imaginario. Establezco vínculos, conexiones, vasos comunicantes. Hay que volverse auténtico.
No creo demasiado en esperar a que llegue la inspiración: la inspiración se enciende y se encuentra trabajando, incluso en los peores momentos. Me encanta consumir libros, textos, documentales y películas y, sobre todo, conectar con grandes personas. Observar, escuchar, leer, discutir, trabajar. Todo eso termina entrando en la obra.
¿Quién es ese artista referente para ti y que te sirve de maestro?
Tengo una tríada básica que configura buena parte de mi ADN artístico: Picasso, Dalí y Bacon. Después me encuentro inevitablemente con el pensador y escultor Jorge Oteiza; rascando en mi patria, con don Francisco de Goya; y, retrocediendo todavía un poco más, llego hasta Velázquez.
A partir de ahí, mi cosmogonía se completa con infinidad de artistas, pensadores, imágenes y referencias. No busco un único maestro. Me interesa construir una genealogía propia y, después, discutir con ella.

¿Cuáles son tus trabajos más destacados y de los que más orgulloso te sientes?
Las performances realizadas con sensores digitales y prótesis. El presente y el futuro del arte están en los nuevos medios, en la imagen digital y en la modulación de esa imagen en tiempo real, cualquiera que sea su formato de salida. Ahí he encontrado una relación especialmente fértil entre cuerpo, pintura y tecnología. La última performance en la Aljafería, para Goya al Natural, fue una apoteosis de secuencias magníficas. Pero tampoco quiero convertir lo realizado en un monumento. Creo que mis mejores trabajos todavía están por venir.

Has expuesto en espacios nacionales e internacionales como el Centro Joaquín Roncal, el Palacio de Montemuzo, el Museo de la Ciudad de Querétaro o el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Tu trabajo también ha sido acogido en galerías y espacios de España, París, Berlín y México. Posees una trayectoria impactante para lo joven que eres. ¿Qué sientes al verte a este nivel?
Me interesan los logros artísticos, no las medallas institucionales. Una exposición, un museo o una institución pueden ser importantes, pero no convierten automáticamente una obra en algo bueno. Apenas he contado con el apoyo continuado de curadores o instituciones.
Mantenerse dentro del circuito artístico es una lucha constante, una carrera de fondo. Lo que verdaderamente me preocupa es saber hasta dónde puedo llegar con mi obra. El resto viene solo.



¿Dónde podemos contemplar tus creaciones de forma permanente?
Actualmente, se pueden contemplar obras mías en Zaragoza, en el restaurante NovoMaite Anduriña y en la cafetería Matisse Ruiseñores. De momento, ningún museo ha adquirido obra mía. El resto se encuentra principalmente en colecciones particulares.



¿Podrías dar una pequeña pincelada acerca de próximos proyectos?
Quiero concentrarme en cuadros de mayor formato y continuar investigando la figura de Goya. Me interesa especialmente desarrollar una serie propia de Disparates, no como una imitación de Goya, sino como una investigación desde el presente: llevar esa capacidad suya para mirar lo monstruoso, lo irracional, lo político y lo humano hacia mi propio lenguaje. También quiero profundizar aún más en la relación entre pintura, cuerpo, performance y tecnología.
¿Cómo podemos adquirir tus obras y seguir tu trayectoria?
Principalmente a través de Instagram y mediante contacto directo para adquisición de obra, exposiciones, colaboraciones y proyectos.




