Violeta Bourrut-Laocuture es la fundadora de este estudio de cerámica creativo ubicado en el barrio de la Magdalena.
En pleno barrio de la Magdalena, hay un espacio donde el tiempo parece ir más despacio. Un lugar en el que lo importante no es producir rápido, sino crear con sentido. Ese lugar es La Nectarina, el estudio de cerámica de la zaragozana Violeta Bourrut-Lacouture.
Su taller, ubicado en la calle Sepulcro, respira calma y creatividad a partes iguales. A su alrededor conviven esculturas, piezas únicas y objetos que cuentan historias: algunas nacidas de sus propias manos y otras del trabajo de las personas que forman parte de su comunidad. Porque si algo define este espacio, es precisamente eso: la comunidad. A nuestro alrededor todo son esculturas y piezas de cerámica de lo más variadas, tanto suyas como de sus alumnas: una parte fundamental, afirma, de su día a día.
En busca del equilibrio
En La Nectarina no hay prisas. Cada alumna tiene su espacio, sus herramientas y su proceso. En las estanterías, cajas cuidadosamente guardadas contienen delantales, utensilios y, sobre todo, historias en construcción.
El estudio funciona con grupos reducidos, una elección consciente que responde a la necesidad de encontrar equilibrio entre la enseñanza y la investigación artística. Aquí no se trata solo de aprender técnica, sino de desarrollar una mirada propia. “Mancharse las manos” es casi un ritual. Un proceso que va mucho más allá de lo material y que conecta con algo más profundo: el tiempo, la atención y la creatividad.

Y es que, aunque no fue su primera opción cuando emprendió la vía formativa, para Violeta la cerámica es una manera de expresarse desde lo más profundo de su ser, un ejercicio visceral. “Lo que me gustaba era pintar, pero la cerámica me abrió un mundo infinito en el que he metido un pie y siento que me queda un universo por descubrir”, reconoce, emocionada.
La cerámica como forma de vida
La zaragozana asegura que le encanta trabajar con las manos porque le permite comunicarse de una manera genuina, “como si el lenguaje se transformase a través de ellas de una manera instintiva que me hace sentir mucho más cómoda”, admite. Porque para la artesana la cerámica es una manera de autoconocimiento y exploración. “Una manera de revisarte a ti misma que me hace sentir creadora de algo”, afirma.




Además, no olvida que se trata de una disciplina de las más antiguas que existen, cuyas técnicas -como los churros o la decoración con texturas- no han cambiado desde el neolítico. “En un momento en el que todo es digital conectar con lo más físico y terrenal es algo que necesitamos más que nunca”, afirma.
Formada en diseño gráfico, escultura y cerámica, la artista ha recorrido varios países -Escocia, Italia…- para encontrar su propio estilo. “Hace cinco años me compré un horno, lo tenía a las afueras de la ciudad. Y dije, ahora qué”, rememora. Fue tras su paseo por Faenza, considerada cuna de esta disciplina en Italia, donde descubrió el concepto de unir un espacio de taller, con estudio y tienda.
La tetaceta y el origen de todo
Así, hace un tiempo se lanzó a la piscina del emprendimiento. La tetaceta -una maceta colgante con forma de seno- la puso en el mapa, sin embargo esta pieza no es más que una en su extensa colección de obras que, eso sí, siempre giran en torno a la anatomía humana. En los estantes del local se acumulan torsos, manos, dedos y senos, el elemento protagonista, además en objetos tan diversos como macetas, pendientes o corchos de botella.

¿El motivo? “No lo sé. Creo que me resulta más interesante, más visceral… Una de mis primeras piezas fue una taza en forma de teta, siempre me han tirado la anatomía y el arte figurativo. Lo que me sorprendió fue la sorpresa de la gente, al final tetas tenemos todas, todos y todes”, bromea, entre risas.
Sea como sea, en cerámica no existen dos piezas iguales. “Todas son distintas, como el trabajo de cada persona pues siempre prevalece una parte de ti, del momento en el que estás, de lo que sientes. La cerámica evoluciona contigo”, asevera.

Mucho más que un taller
Hoy, La Nectarina es más que un espacio físico. Es un punto de encuentro para quienes buscan crear, aprender o simplemente reconectar con lo manual. Un refugio creativo en el que el proceso importa tanto como el resultado.
Además, su universo se ha expandido más allá del taller, encontrando en el entorno digital una forma de compartir su trabajo, conectar con nuevas audiencias y seguir haciendo crecer el proyecto.
Porque, en el fondo, La Nectarina no va solo de cerámica. Va de parar, de tocar, de experimentar. De recordar que, a veces, entender el mundo empieza por algo tan sencillo como trabajar con las manos.

Conoce más en Calle Sepulcro 21 local izq y en su Instagram.
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