Ricardo Lladosa: los libros que nunca olvidamos

Cristina Castejon 9 marzo, 2020

 

Antes, y no hace tanto, aprendíamos leyendo de todo.  De todo lo que caía en nuestras manos.

 

Había niños que leían el periódico de sus padres, ese Heraldo largo como una sábana; adolescentes que leían tebeos de Esther, Mortadelo y Tintín, y jóvenes que tenían al alcance de su mano enciclopedias llenas de datos ignorados y curiosos.

 

Un libro recuperado 20 años más tarde…

 

Casi todas las enciclopedias que encontrábamos en las casas de nuestros padres y abuelos tenían los lomos gruesos, vírgenes de caricias y manoseos. A veces se consultaban y se leían y… otras veces eran solo un fondo respetable de las estanterías, letras doradas en lomos de colores graves y serios durmiendo en pie, sin nadie que fuera a despertarlos.

 

Pero en casa de Ricardo no. Su padre compraba enciclopedias que  adornaban pero también se hojeaban y se leían. Una de ellas, recuerda Ricardo, fue «Los genios de la pintura». Su padre la compraba por fascículos y él, ya tenía claros sus gustos, le pidió que adquiriera expresamente el número perteneciente a un pintor desconocido: Odilon Redon.

 

Nunca supo por qué, el pintor no era conocido y sigue sin serlo. Pero la portada le atrajo: era un boceto del pintor, un rostro de mujer a carboncillo sobre un fondo anaranjado, pómulos anchos, párpados de almendra negra, y unas rayas que cruzan el rostro y lo enjaulan.

 

A pesar de satisfacer su capricho, cuando el coleccionable llegó, Ricardo lo dejó a un lado y ni lo abrió. Pero está visto que ese pequeño libro, ese trozo de sapiencia enciclopédica, estaba llamado a cumplir un papel importante en su vida.

 

Ricardo Lladosa por Alberto Casas
Ricardo Lladosa por Alberto Casas

 

En 2017, mientras cuidaba a su padre en su casa, se reencontró con la biblioteca familiar, y reconoció la portada, los rasgos de esa etíope exquisita sobre fondo naranja. Y algo le enganchó de nuevo.

 

Comenzó a investigar sobre el pintor. Quiso la casualidad que esas vacaciones familiares pasaran el verano cerca de Burdeos, donde vivió Odilon Redon y la historia nació y tomó forma en su mente de forma natural, casi como el encaje de un puzle.

Realidad y ficción

 

No quiero desvelar la trama de la novela, pero parte de la historia que narras en Un amor de Redon es real…

 

Desde luego, existió el pintor Odilon Redon y muchos de los personajes que aparecen en mi novela y le rodean también: Gauguin, Mallarmé, Verlaine… El escenario: el Medoc francés, la finca del pintor, su esposa, hay muchos detalles reales, pero a partir de allí la novela responde a una pregunta que me hice, ¿qué pudo ocurrirle a Odilon Redon?

 

A partir de ahí ideé una historia de amistad amorosa, de atracción mutua, de confluencia de caracteres y gustos… Y como además adoro la novela gótica y el siglo XIX, tan poco de moda ahora, quise enriquecer la trama con acontecimientos externos a una historia romántica, y contar algo más parecido a una historia de aparecidos y fantasmas en un castillo francés…

 

Además, de mi afición por el cine, yo también dirigí cortos hace unos cuantos años, que prefiero olvidar, -dice riendo- me queda ese amor por la narrativa fluida, por hacer que ocurran cosas a los personajes…

 

Cristina Castejón con Ricardo lLadosa

La protagonista femenina: una pionera de la fotografía

 

-Hay muchos personajes curiosos pero la protagonista femenina, Ainhoa Levy, me llama mucho la atención, es poderosa y delicada a la vez…

 

Ella no es un personaje histórico, como Redon, pero está inspirada en una que sí lo fue. Una fotógrafa americana de principios del siglo XX, de la que se conserva una foto que hizo nada menos que a Sorolla, el pintor.-Como llegarían a coincidir es algo que adivino que a Ricardo le daría para escribir otra novela-.

 

Quería dotar a la trama de una protagonista femenina digna de Redon.

 

Tenía que ser creíble como musa de pintor, es importante en la historia que posea una belleza y atractivo comparable a las heroínas de la biblia. Me refiero a esas mujeres poderosas, que podían ser providenciales o fatales: como Judith, Betsabé o Salomé, a las que Redon tiene que retratar.

 

Y al mismo tiempo que no jugase solamente un papel de objeto de atracción pasiva. Debía “hacer” algo propio. Y ese algo era su afición por la fotografía, en un tiempo en que en sí ya era bastante exótico como afición como para encima hacerlo una mujer, sería toda una pionera.

 

Y la doté de una voz propia literalmente hablando. Los capítulos se van alternando en cuanto a la perspectiva del narrador, porque la historia es narrada por el pintor, Odilon Redon, y por la protagonista femenina, Ainhoa Levy. Eso hace que conozcamos parte de sus intenciones y la dota de una intención y un morbo que si fuera solo un personaje pasivo no poseería.

 

Un amor de Redon en el Café Levante

Vivir de la literatura

 

-Da la sensación de que te lo has pasado bien escribiendo este libro. Además de disfrutar, ¿se puede vivir de la literatura? Tu libro sigue figurando dentro de los 10 libros más leídos de ficción.

 

Para mi la lectura y la escritura es una fuente de placer. No me obsesiona la idea de publicar, como siento que ocurre últimamente, no creo que sea lo más importante para mí.

 

Tengo la suerte de que escribir no es mi profesión, soy economista, así que si escribo algo y se considera que tiene calidad para publicarse, me parece genial. Pero si no la tiene, no me lo planteo como una gran decepción ni me obsesiona.

 

Comencé escribiendo en el Heraldo de Aragon como crítico literario, en Zenda y XL Semanal. Cuando publiqué mi primer libro, Madagascar, me di cuenta de la gran cantidad de gente que vive y disfruta de la lectura y la escritura. Pero precisamente por eso cuando algo te gusta de esa forma tan natural lo que escribes debe fluir. Y publicar no es el objetivo principal.

 

Desde luego quién piense que va a leer una simple novela histórica, o romántica, o de fantasmas, o un tratado sobre pintores y poetas del siglo XIX… se va a sorprender.

 

Hay mucho más: hay un pintor desconocido; una pionera de la fotografía; un fotógrafo que retrata cadáveres; un mayordomo y ama de llaves vengativos; trampillas y pasadizos secretos; ectoplasmas mocosos, incluso un jesuita que practica exorcismos e ingenia motores a combustión…

 

Pero sobre todo hay amor. Amor por narrar una historia que pudo ser…

Autor: Cristina Castejon

De letras hasta la médula, siempre he pensado que la narrativa es el pastel, no la guinda. Da igual que sea en un libro o una peli, las buenas historias siempre nos enganchan. Escribo para mi blog www.cdecontar.com y para todo aquel que necesite poner alma a su marca o servicio. Me encanta mirar escaparates, contemplar fachadas y descubrir rincones escondidos. Creo que Zaragoza está plagada de buenas historias: ziudadanos curiosos, ¡callejeemos para darles caza!

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